La violencia vuelve a las favelas

Publicado originalmente em Lavanguardia, po Andy Robinson, 21 de agosto de 2017

 

La delincuencia se ha disparado en Río un año después de las Olimpiadas.

Dieron la noticia del atentado de Barcelona el pasado jueves en el televisor colgado del techo del bar Tía Rosa, en la favela de Ciudad de Dios. Pero los 13 muertos en la ciudad que fue modelo para el proyecto Río 2016 no resultaron demasiado chocantes para la dueña, Rosangela Pinheiro. A fin de cuentas, un año después de la clausura de los Juegos Olímpicos, las muertes violentas vuelven a ser una noticia muy habitual en Ciudad de Dios y en otras favelas de Río. Los asesinatos en Río subieron un 23% del tercer trimestre del 2016 al cuarto. Y han ido aumentando desde entonces hasta más de 40 por semana.

Los muertos a manos de la policía han subido más del 50% desde el final de los Juegos acercándose al millar, principalmente afrobrasileños residentes de favelas y otros barrios pobres de la periferia donde vive la mayoría de la población. Según médicos citados en los medios, el número de heridos por tiros en Ciudad de Dios ha subido un 95% en lo que va de año, muchos de ellos víctimas de fuego cruzado entre policía y traficantes. Esto ocurre a menos de tres kilómetros de las instalaciones olímpicas.

 

El número de heridos por tiros en Ciudad de Dios ha subido un 95% en lo que va de año

La vuelta de la violencia en Río coincide con un recorte del 30% del presupuesto de seguridad en un Estado al borde de la quiebra, donde todos los recursos se dedican a seguir pagando los salarios de los agentes y a veces ni dan para eso. Las operaciones policiales de “pacificación” implementadas en los años anteriores a los juegos para resolver definitivamente el problema de la delincuencia organizada eran “un maquillaje”, resume Rosa, afrobrasileña de 59 años que vive en Ciudad de Dios desde los años setenta.

“Hemos tenido un tiroteo entre bandidos y policía esta misma mañana”, añade un chico, cliente del bar. Otro residente de Ciudad de Dios –un conjunto de casas humildes e infraviviendas con unos 40.000 habitantes– calificó la situación actual como “una guerra civil”. Ni tan siquiera el despliegue del ejército federal –8.500 tropas– un año después de su presencia sonriente en las calles de Río durante los Juegos, ha parado el auge vertiginoso de la delincuencia postolímpica.

El fracaso de las estrategias para aumentar la seguridad en las favelas es tal vez la oportunidad perdida más grave de la década de grandes eventos en Río. En los diez años antes del Mundial (2014) y la Olimpiada, la inversión en las unidades de pacificación policial (UPP) y la buena coyuntura económica coincidieron con una caída constante de la violencia en Río. Los asesinatos se redujeron un 60% hasta el 2010 y se mantuvieron en niveles relativamente bajos. Pero todo indica que los eventos en sí marcarán un punto de inflexión. Crecen los temores de que la violencia vuelva a los niveles atroces de primeros de siglo cuando Fernando Meirelles horrorizó al mundo con su película de niños pistoleros y policías traficantes, Ciudad de Dios.

Tras diez años de paz, se ha roto la tregua entre los principales grupos de narcos

La crisis económica y el ajuste fiscal es el principal factor. Carente de recursos, la policía empieza a recurrir a tácticas más baratas: disparar primero y luego preguntar. Al mismo tiempo, para las capas menos favorecidas de la ciudad más desigual, el desempleo está forzando la vuelta a la economía alternativa de cocaína y crack, cuya demanda se ha desplomado con la crisis, intensificando la batalla por el mercado entre las bandas rivales.

No sólo se ha disparado el número de homicidios, sino también los robos, atracos y el secuestro de camiones para la venta de mercancía en el mercado negro. Lejos ha quedado aquella ceremonia olímpica diseñada por el mismo Meirelles, que, bajo presiones del Comité Olímpico, tuvo que eliminar una escena irónica en la que la Chica de Ipanema (Gisele Bündchen) era atracada por jóvenes delincuentes.

Pero hay otros factores vinculados con la geopolítica del narcotráfico en América Latina. Se rompió, tras diez años de paz relativa, la tregua entre los dos grandes grupos de narcotraficantes, Comando Vermelho y Primero Comando da Capital, desatando una guerra en las favelas y en las cárceles brasileñas. Es más, en zonas del oeste de Río colindantes a Ciudad de Dios han ido expandiendo su régimen de extorsión las llamadas milicias, creadas por expolicías para disputar el territorio de los narcotraficantes. “Controlan una red enorme de farmacias y colectivos de vendedores ambulantes”, dice Robert Muggah cofundador del Instituto Igarapé, especializado en seguridad.

Un último factor, quizá el peor, es que la delincuencia no se detiene ante las puertas de la sede del Gobierno. El exgobernador de Río Sergio Cabral permanece en la cárcel tras hacerse con millones de euros en comisiones cobradas a constructoras. Otros políticos que llevaban el talonario público hasta la sede del comité olímpico ya están en el punto de mira de los jueces de la macroinvestigación anticorrupción. Tampoco debe olvidarse –según se destaca en un informe del Instituto Igarapé– que Cabral y el exalcalde Eduardo Paes –actualmente afincado en Nueva York– representaban barrios de la zona oeste donde mandan las milicias. Tal y como quedó claro en el filme Ciudad de Dios, la historia de la delincuencia en Río jamás es de buenos y malos.

Uno de los actores del filme ‘Ciudad de Dios’ está acusado del asesinato de un policía

Lo más preocupante de todo es que se empieza a respirar el mismo aire de venganza que aquellos años en los que grupos de vigilantes salían por la noche a matar a niños callejeros. “Yo hace 25 años que trabajo de noche en Río y jamás había sentido el miedo que tengo ahora; los delincuentes ponen barricadas en las calles para los asaltos; hace falta la pena de muerte”, explicaba un taxista.

Jairo Bolsonaro, que defiende el derecho de los ciudadanos a poseer armas y la reducción de la edad penal, es el candidato presidencial del que se habla con más admiración en estos momentos. En la Laguna, donde se celebraron los eventos acuáticos de la Olimpiada, se han colgado 97 crespones negros para homenajear a los 97 policías muertos en lo que va de año, uno cada dos días. Esta cifra la repiten los medios que revindican mano dura, aunque sólo 20 de estas muertes corresponden a policías caídos en operaciones en las favelas.

La realidad siempre imita el arte en Río. A principio de mes, Ivan da Silva Martins, uno de los actores jóvenes en la película de Meirelles, se entregó tras ser acusado de haber matado a un policía en otra favela, Vidigal, supuestamente pacificada y calificada por Airbnb durante los Juegos Olímpicos como “una comunidad artística con algunos de los inmuebles más codiciados”. Da Silva denuncia que es víctima de la corrupción policial, que cobran sobornos a cambio de hacer la vista gorda ante el narcotráfico. Según confesó un policía citado anónimamente en el diario O Globo: “Río tiene dos problemas graves; la presencia de armas de guerra en manos de los delincuentes, y la corrupción de los agentes de policía”.

El legado turístico

Puesto que la mitad de los homicidios en Río se producen en pocos puntos –favelas y periferia–, el visitante puede disfrutar la ciudad postolímpica sin correr un elevado riesgo de ser acribillado. Al menos, es en lo que insisten los responsables del turismo. Es la gran apuesta económica tras la depreciación del real y con una oferta hotelera que duplica la de antes de los JJ.OO., como el restaurado hotel Nacional, de Oscar Niemeyer, aunque cerca de la favela de Rocinha. El viejo puerto, antes intransitable, se ha trasformado en un lugar de paseo muy agradable, con un tranvía que enlaza con el llamativo Museo de Mañana, de Santiago Calatrava, y el aeropuerto. A medio kilómetro, el viejo muelle de Valongo, desenterrado durante las obras olímpicas, acaba de ser nombrado patrimonio de la humanidad. Detrás, sin embargo, hay elevados problemas de delincuencia.

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